DÍA -2
Once Japan a time (or maybe twice)
Estoy oxidada. Hace mucho tiempo que no escribo sobre mí, sobre mi medio, lo que me rodea. Siento que voy a escribir una especie de monstruo por piezas mientras al vuelo voy organizando las ideas que son todas, muchas, atropelladas, una Mary Shelley de las ideas (me he venido arriba, lo sé), un empezar y después ya veremos. Tengan ustedes paciencia, estoy casi segura que de esto algo saldrá. Siquiera sintiendome Regan MacNeill postrada vomitando verde en la cama mientras el propio blog Karras sufre los estragos de esta necesidad de sacar a los dichosos demonios afuera y es que son muchas las emociones que llevan a que esto hoy parezca ser necesario de extirpar porque hace un año podría estar pasando esto, estar a dos días de un viaje a unos Juegos Olímpicos que se celebrarían en el año que les había sido designado, digamos hace al menos otros doce atrás. Porque hace un año sin embargo estábamos en nuestras casas asumiendo que todo se aplazaría un año, que el tiempo en nuestras vidas hibernaría al menos otros 365 días para convertirse en los Juegos de Tokyo 2020 aunque dudando si ocurrirían en 2021.
Hace un año por otro lado respirábamos pensando en irnos unos días a la playa o al bosque, alejarnos de nuestras casas tras un largo confinamiento. Hace solo unos pocos meses que podemos salir, desplazarnos y tan sólo un par de semanas que podemos quitarnos a ratos la mascarilla para pasear.
Pues bien, dentro de dos días volamos a Tokio con escala en Frankfurt. Y para entonces nos habremos hecho 2 test PCR en cuestión de 24 horas para poder entrar en Japón. Covid pasado, vacunación en regla, todos los tests posibles, temperatura que ayer empecé a tomarme y hasta que acabe nuestro periplo para conseguir los códigos que verificarán que soy un ser al que poder acercarse en el trabajo.
Amiga maleta
Hace al menos dos meses que empecé a hacer mi maleta y por algún motivo esta inversión de tiempo me hace ser más temerosa de perderla por el camino. Nunca me había ido tanto tiempo de ninguna parte a ninguna otra, no al menos con intención de volver a casa, ni tan lejos, ni tan complicado. Metí todas mis camisetas, todas mis bragas, unos pares de pantalones con intención de poder lavarlas en la habitación del hotel, jabón en pastilla, un apaño de colgador de ropa que secar diariamente y hasta un pequeño cubo plegable para lavar las mascarillas, por cierto, existen unos con capacidad de litro y medio que permiten ser usados como ensaladera portátil. Pienso que haber ido de camping todos esos años en familia crea necesidades plegables puede que aparentemente absurdas pero adorables. Así que ahora tengo una suerte de tuppers plegables y guardables a modo de muñecas rusas. Los chinos saben del espacio y de su ausencia y yo necesitaba saber cuántas cosas caben en 23 kilos permitidos por maleta en la Economy de Lufthansa. Entiendo que como en cualquier sector habrá quien sepa de esto, como quien sabe los distintos nombres para los copos de nieve según su morfología en Siberia, imagino al vendedor de maletas hablando de kilos posibles por maleta y a ojo. A veces me entran ganas de llamar a ese especialista que lo sabe todo para acabar de una manera menos empirista que la mía que unos 80 días antes ya estaba desplazando mi armario a una maleta. Aproximadamente el 60 por ciento de los 18 kilos y medio que pesa mi actual recipiente rodante están destinados a ropa y el resto a calzado y parafernalia: farmacia, aseo, útiles de limpieza, productos prácticos para vivir mejor como relec, antimosquitos o paraguas plegables y nos han recomendado que llevemos perchas. Así que llevo 5 perchas y uno de esos cacharros que hacen que las prendas en perchas ocupen menos. China y sus inventos anunciados por Facebook. No puedo sucumbir a la idea de no hacer uso de ello, negando doblemente para converceros de que se trata de tan solo un pequeño vicio de la mente controladora que me domina ante el miedo no sé a qué y lo divertido de organizar algo como una maleta de estos kilos. No sé si tengo tanta ropa para esas perchas pero seguro que sirven para secarla también... o para hacer una antena... o para hacer unas letras de S.O.S . Ya lo sé, que me voy a Tokio, que no soy Chuck Nolan.
Pero ¿a qué voy?
Voy a Tokio a formar parte del equipo que se dedica a la creación y operación de la rotulación de todas las disciplinas deportivas en Olimpiadas y Paraolimpiadas. Me explico, vamos a hacer que veais los resultados, nombres y cargos, alturas, horarios durante la retransmisión de los mismos y la empresa en la que trabajo se dedica a proveer a cada canal licenciado de este material para poder ser usado en cada país. Este será el último año de muchos en el que se ha estado usando un sistema que se jubila para dar marcha a uno nuevo que es por lo que he sido contratada, del que soy especialista. Me gustaría pensar que vamos con tiempo para poder ponerlo en marcha y lo cierto es que en pocos meses en los de invierno, apenas dentro de 6 meses volaremos a Pekín a hacer realidad una nueva etapa en mi departamento. De momento sigo tranquila, sigo pensando la mejor manera de hacer que la mecanización del trabajo sea lo más creativa y agradable, lo más práctica y usable, como los tuppers chinos plegables y apilables. Creo que todo saldrá bien. Creo que iremos preparadas e ir a mis primeros juegos así hará que todos los demás sean fáciles. Parece una manera de consolarse. Tenemos suerte de estar viviendo esto. No podemos negarlo. Nos quejamos por momentos, salimos de nuestra tan reiterada zona de confort obligada y a la que el cerebro ya casi se había adaptado, quejicoso aquí también. Nos asusta envolver una pastilla de jabón y que piensen que es un pequeño alijo en el aeropuerto en escala. Nos reímos de ello mientras llamamos a Karras.
La parte churrigueresca
Llueve en Tokio. Hace días que lo hace y lo hará durante la próxima semana. Siento que no voy a mojarme ni un poco. Nos reímos nerviosos cuando nos dicen que no podremos caminar por la calle los próximos quince a la entrada al país. Nos consuela pensar que nuestro centro de trabajo es un continente en su dimensión, que el café está en Massachussets y los escritorios en Tucson. Metemos por si acasos y dudamos si el nuevo uniforme nos valdrá, hace 2 años que nos tomaron medidas, quiero pensar que pedir tallas más amplias que la mía fue una solución, nos reiremos al probárnoslas (creo). Qué decir de llevar uniforme de trabajo, esa odiosa maravilla que no te permite pensar sino dónde lavarlos, si el hotel tendrá capacidad suficiente para la demanda que supondremos, esa maravilla que nos permite llenar más la maleta de las cosas inútiles que seguro no usaremos porque un ochenta por ciento de nuestra estancia la viviremos uniformadas… sólo nos debe preocupara lavar la ropa y para eso tenemos pequeños alijos de jabón esperándonos y secadores de pelo que nos ayudarán en este incómodo propósito. Estoy pensando si meter un poco de líquido desodorizante para los tejidos. He vivido situaciones laborales uniformadas en las que, asco presente, la única opción posible tras la cara de desaprobación bien mostrada, farfullo sostenido y mecaguentodos reprimidos, ha sido ese magnífico producto definido como eliminador del olor. Esta vez la prenda resudada al menos será mía y solo mía, veinte años después hemos evolucionado en esto y esta será la última opción.
La despedida -2