DÍA +20
4 días después de la ceremonia de apertura...
Las movidas tochas de la vida, esas en las que te ves envuelta antes o después, los lugares que visitas sin haberlo decidido demasiado y como parte de un proyecto que parecía te era designado por motivos ajenos a tu entendimiento en el momento en el que los aceptaste... los contratos que firmaste sin saber muy bien cómo acabarían y que a tus ojos y a los demás estaban llenos de nuevas experiencias que te alejarían de tu espacio de comodidad, de tu entonces diminuta salita de estar interior, esas pequeñas o grandes inversiones vitales que carecían de un futuro cierto pero que te cambiarían el horizonte de forma casi abrupta con la posibilidad de ser o sí o sí un antes y un después en los distribuidores de tu vida y es que esas también llega un punto y en el fondo lo sabes, en el que pueden abordar los límites de la decepción. Quizá esta emoción sea también derivada del contraste con el que se las vislumbra de forma personal y pública, les precede el aura magnificada por su protagonismo en los índices de las cosas impresionantes de los listines de lo que consideras guay en tu vida, tu tiempo en este gajo de la historia. Pues incluso con contrastes y detalles finitos, con lo magnífico y absurdamente cotidiano, incluso así tienes la posibilidad de decir con la expresión de la cara arrugada que no todo es lo que parece, que en todas las casas se cuecen habas, porque con los años has decidido que no todo sueño vale a cualquier precio, sobre todo si no se trata del tuyo, aunque ni siquiera sepas cuáles sean tus propios sueños, todavía.
Recuerdo mirar a la tele y asombrada pensar en qué buena memoria y capacidades interpretativas tenían los actores de los anuncios, no concebía todavía qué era ser actor, no tenía la información acerca de que era una grabación que se repetía una y otra vez y a cada pausa publicitaria intentaba encontrar un defecto en los movimientos, un gesto que delatara a su imposible perfección y cada vez reafirmar mi asombro, un asombro que no sé si ya empezaba a ocultarse para evitar parecer aunque fuera inevitable, demasiado inocente. Tendría unos cinco años cuando le preguntaba a mi padre que cómo se entraba en la caja de la tele, cómo habían entrado aquellas personas en la misma, en aquel cajón de pvc que imitaba a la madera, con botones negros y marca tricolor rgb, en cuya respuesta encontraba un - a la tele se llega en autobús - y para mí tenía sentido, ya en aquellos años durante el curso nos recogía un pequeño autocar en la misma parada, con los mismos niños y sus madres y este concepto, el del autobús era una especie de invitado especial a aquella mi recién horneada nueva temporada vital que era el paso del año cuarto al quinto de vida. El camino de la ikastola recorría el monte para dejarnos y hacer eso que suponía aprender, todavía sin compromisos ni responsabilidades más allá de las habilidades personales, las que no me causaban agobios ni durante los desplazamientos, ni la duda sobre si habría hecho bien las tareas así que era entonces cuando todavía contemplaba e imaginaba qué habría en el bosque a la izquierda y ante tan memorizado paisaje recuerdo la curva arbolada de estampación sinestésica que se me quedó registrada por la tajante verdad que acababa de ser expresada para yo entender cómo se llegaba ahí adentro, a la parte interior del cristal. Cada vez que pienso en las teles marrones de tubo asocio la idea a aquella curva de subida a Zaratamo en su zona más arbolada.
Iurreta está a unos 30 km de Bilbao, a Iurreta se puede llegar en autobús y es ahí donde iba para acabar mis estudios y donde se encontraban las instalaciones de la televisión pública vasca. Siento que es cuando fui por primera vez a ETB en autobús, cuando una parte de mí se quedó de algún modo allí para siempre. Es lo que tiene saber, que se despoja de toda hipótesis de lo que podría ser un mundo sin reproductores donde los actores tendrían muchísimo trabajo, donde habría equipos y equipos de transmisiones en directo acerca de todo, donde no existirían las películas pero sí los teatros constantes y donde los programas infantiles estarían ocurriendo en ese momento solo para nosotros, donde los periodistas irían siempre con gabardina y sombrero, los técnicos de sonido serían personas con coleta vestidos de negro a los que confundirías con informáticos, bueno, esto ya es así, ¿no? y es similar a lo que tiene estudiar cine, que ya las películas no te asombran en esta manía de intentar saber cómo ha sido realizada esa escena y empieza la pedantería ante, qué buena la luz, menuda atmósfera tan conseguida, vamos a mirar la crítica antes de ir a verla... o cómo no querer parecer inocentes ante la fantasía, otra vez y tampoco aquí, recordando a esa edad en la que eres una niña en sus límites, en la que la inocencia, esa que guardas en un cajón en el portal de tu edificio, se pretende alargar a ojos de quienes crees que no quieren verte crecer, sin haber preguntado haces esa suposición para evitar sentir que te quieren menos. Esa sensación, que pesa entonces más que nunca, la opinión de los que quieres y de los que quieres que te quieran. Así con el cine, con la tele, con un trabajo de éxito.
Siempre me resulta entre ajena a mí y curiosa la sensación de estar muy cerca, muy muy cerca de algo y casi percibir que a veces miro desde el observatorio en el que he caído accidentalmente en esta tele-transportación errática, en el eje del mundo al otro lado, mirando a la vida desde el cristal interior de aquellos aparatos de televisión familiares de los años ochenta, un prisma que da una visión distorsionada a su vez de lo que parece ser lo bueno ante otra vez un entendimiento que imagina un ideal que quizá ni siquiera existe. Y esto deriva en que no sé si en realidad soy yo la que soy observada por otra realidad exterior, como si aquel autobús a Iurreta me hubiera transportado al lugar en el que soy capaz de ver las costuras a mi matrix, anotando en mi libreta de trabajo de campo las evidencias de un producto que se parece al original sin serlo, un original que en realidad no he visto más que en mi imaginación, o he intuido y creo que es esa necesidad que tengo últimamente de anotar qué es lo errático en mis tablas de calidad vital lo que me acercan a mis sueños y estos, aunque difusos aún permiten que acepte con fuerza que ésta quizá no sea la puerta adecuada de aquel distribuidor pero presiento que estoy cerca.

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