Día +30
1 día para la ceremonia de clausura
...Vale, sí, sé qué es un término bélico y que se emplea continuamente e indica que inconscientemente utilizamos expresiones de la guerra para enfrentarnos a los problemas domésticos. Podemos estar al frente o en la retaguardia, podemos estar totalmente ausentes u observando pero estos términos se han quedado en nuestro vocabulario, vivimos la vida como una lucha y revuelve que esto sea así, siempre he tenido una relación muy extraña con la violencia. No me gusta la violencia, siento su término, su significado como una gran maraña de cuerda de la que salir en un déjame en paz, no quiero formar parte de esto, pero se cae en mí, me avergüenza la violencia que hay en mí, a mi alrededor, de algún modo me bloqueaba, pese a saber que el ser humano, yo, soy violenta, entonces en diferentes grados todos lo somos, que la evitemos, que no la miremos a la cara, no hace que ésta desaparezca, me repito a menudo que forma parte de nuestra naturaleza. La violencia es una emoción explosiva que recuerdo alguna vez no haber podido controlar. Y esto es lo que me avergüenza. O me avergonzaba.
Ocurre que cuando pienso en mis frentes abiertos a veces son míos y otras aunque no me estén sucediendo directamente a mí me afectan de forma física como huracán en campo de batalla. De niña alguna vez pregunté a mi padre: - si una piedra igual a otra choca contra aquella, ¿cuál de las dos se rompe?- No debía tener más de 8 años entonces. No recuerdo su respuesta, supongo que empezaría a explicarme las leyes básicas de la física, las que después aprendería en la autoescuela también o por observación y gesto empírico.
- Aita, entonces ¿nosotros somos libres?
Estaría mi padre en ese momento con el estañador, montando un relé, escuchando el partido o armando unas baterías. Yo habría cruzado el pasillo desde el sofá y preguntaría intentando entender si dos iguales luchan quién muere y si nosotros éramos personas libres. Tampoco recuerdo sus respuestas.
Era mediodía de un sábado de agosto. Faltaban pocas horas para que empezara la Semana Grande y mis amigas y yo habíamos quedado para tomar algo por el Casco Viejo. Estábamos pasando un momento divertido, solo quedábamos Amaia y yo con el que entonces era mi perro, Gordito. Estábamos de pie, con nuestros vasos, a la puerta de un bar, en la plaza Nueva, bajo sus arcos, acabábamos de comernos unos pintxos con unos zuritos y teníamos mucha gente detrás, un poco apartadas para que Gordo no se agobiara cuando entonces empezó a ladrar desesperado, así era él, exagerado, y bramaba en dirección contraria a nosotras, hacia el epicentro de la plaza, hacia unos contenedores que estaban siendo zarandeados. El perro evidenciaba la falta de harmonía del momento y molesto ladraba y ladraba, fuerte, muy fuerte, había aprendido que eso servía para ahuyentar a quienes quisieran acercarse a casa si no eran conocidos, esa era su tarea más premiada pero en ese momento lo que su ladrido provocó es que los sujetos que creaban ruidos y altas voces se acercaran más a nosotras, al perro, increpando al perro y sus gritos de desaprobación perrunos, formaron un discurso ininteligible en contenido pero sí en su forma, una especie de batalla entre sinrazones. Los zarandeadores equilibristas, se apoyaron a un barril de madera que hacía las veces de mesa eusko-decorativa. Y es entonces cuando empezaron a tirar contra el suelo uno a uno los vasos que el tonel sostenía, mientras gritaban e insultaban al perro y éste de forma muy notable, asustado, mirando mudo y agachado al sonido de los cristales rotos en la piedra, hacía un rato que estaba entre las piernas de Amaia que intentábamos digerir la situación y yo que sentía como la sangre se me agolpaba desde un corazón de latido nada sereno, en los límites de la visceralidad de la adrenalina, a la cabeza en progresión arterio saturada cuanto más cerca los teníamos. Curioso es que a uno de ellos lo conociera de verlo por las 7 calles, con su guitarra acústica y esa habilidad que tantos años había admirado. Curioso es que fuera quien más se acercó cuando le dije que se alejara. Curioso es también que me acorralara contra la puerta del negocio contíguo al bar... y esta parte, como las respuestas de mi padre, tampoco la recuerdo. A partir de aquí hay un pitido como sonido de fondo, el recuerdo de la escena desde un ángulo superior derecho a mi persona, como quien observa en plano casi subjetivo: el sujeto se acerca a la chica, la chica da pasos hacia atrás hasta que toca el cristal del escaparate que tiene a su espalda, él grita y dice ¿qué pensabas que te iba a pegar? - y se acerca hasta el límite de salpicar las gafas de ésta con saliva mientras habla (o lo intenta). La expresión de ella cambia. Ella tira del pelo de él con fuerza hacia abajo. Él cae de rodillas con las piernas abiertas. Él grita: ¡pégame! Se ve cómo ella ha ganado espacio y puede entonces coger un impulso, una breve carrerilla, se le ve certera para propiciarle una patada en la entrepierna (los jueces le dan un 8 de media). Ella lleva sandalias, se ve que siente vergüenza y quizá asco, está perpleja porque la niña de 8 años como piedra contra otra piedra ha obedecido.
Pues sí, me avergoncé, me fui, con la cabeza agachada, queriendo salir de allí mientras otros aplaudían mi actuación, apareció un conocido y me preguntó si estaba bien, una mujer embarazada dijo que había hecho lo que todos estábamos deseando hacer. Yo me avergoncé. Siento que perdí los papeles. Yo que quería una vida de paz y amor, harmonía y banda sonora orquestal en tono mayor a ser posible, perdí los papeles.
Vuelvo a los frentes. Mis frentes se abren y se cierran y cuando parecen cerrarse esos, se abren otros nuevos, con distintas caras, con nuevas formas y entiendo por otro lado que siempre parten de los ya contables mismos núcleos. Quiero decir que como pasaba con las grandes tragedias griegas, éstas también eran enumerables, como ocurre con los pecados capitales, se pueden contar con los dedos de las manos, como pasa con las emociones físicas, son siempre las mismas poniendo cara a nuevas situaciones. Se abren frentes en la distancia, a miles de kilómetros de aquí y los vivo como si tuviera mis pies apoyados en la mesa de centro de mi casa también a miles de kilómetros. Nunca me habían preocupado tanto otras vidas a miles de kilómetros. Y es que esas otras vidas son parte de la mía, de mi equilibrio.
Me defendí, defendí a mi amiga y mi perro, sobre todo. No sé cómo hubiera reaccionado de haber estado sola. Hoy estoy reprimiendo la presión volcánica que me provoca la noticia del dolor que siente alguien a quien quiero. Existen varios "alguien" a ese lado del mundo y estoy aquí, a miles de kilómetros de distancia, intentando decidir que hacer ante estas situaciones, porque de algún modo estar ciega, dejar que suene el pitido de fondo es una decisión, difícil de eludir, pero posible si observamos. Tomar decisiones en mi proceso de observación, he decidido que me hace libre, baja mi presión. Sé que no recuerdo sus respuestas pero lo que sigo recordando son mis preguntas.
Mañana es la ceremonia de clausura, acaban los Juegos. Todavía queda un mes para volver a casa. Seguiremos observando.
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