DÍAS +40 a +43
Hace 5 días que volvimos a trabajar. Los días son repetitivos, apenas hay gente trabajando en el IBC, irán llegando tras las vacaciones los que se sumen a las Paraolimpiadas. El IBC está siendo por otro lado desmantelado, sillas envueltas en film de mudanza parten a los almacenes para desde allí ir a Pekín, preparadas para los juegos de invierno el próximo febrero. Este es un proyecto efímero y mastodóntico que se mueve como millones de estorninos que van a posarse en un grandísimo árbol, no llegan todos a la vez, pero acaban llegando y acaban yéndose, otra vez no todos a la vez, con la cadencia de meses a la vista en esta ocasión, con todas las manos y ojos puestos previniendo el día D, los días D, los hitos D.
Desde el lunes que nos movieron al nuevo hotel mi humor ha cambiado. Este hotel vuelve a aportar presupuesto de serie B al guión de mi vida laboral, las comparaciones son odiosas y en este caso de muerte. El cambio de un hotel nuevo 4 estrellas con las ventajas y avances a uno que pasa por colores rosas perlados, olor a tabaco, azulejos grandes blancos con las juntas no demasiado limpias y una iluminación que no ayuda. Me recuerda a las texturas de la nave de Interestellar, a un 3D realista, con textura, ambiente... hiperrealismo que sólo es lícito en la ficción más trabajada. Mi cuerpo ahora no quiere este nivel de textura.
Decidí ordenar mis ropas en las 3 perchas que tiene dedicadas a nosotros el hotel por persona. Suerte que vine con otras 5 además de las que me dejó Tania en herencia. Los ganchos para las perchas que ahorran espacio hacen que me sienta bien en la habitación. Mirar su orden organiza mi cabeza, no dejarme llevar por la desidia de la situación me ayuda a estar centrada, negarme a desayunar en el restaurante del hotel o ni siquiera entrar en lo que de lejos sé que no iba a ser una grata experiencia, es ahora casi un acto político. Utilizo los Vouchers del hotel por un valor de 1500 yenes equivalentes a unos 12 euros en comprar en la tienda. Yogures, plátanos, agua... llaveros con el logo de los juegos... Souvenirs en lugar de comida. Eso me hace sentir bien, también.
Me corté el pelo mientras hacía las maletas para la mudanza a este hotel, una de esas veces en las que no sólo me he limitado a repasar las puntas de un pelo corto si no que decido utilizar el utensilio más placentero de la historia, un peine con cuchilla, de dos longitudes de puas... El que tiene las puas más cortas me permite hacer una calva en una de las sienes. Así que toca igualar la otra sien. He convertido mi cabeza en un experimento, en un lugar para mi recreo... pero ver caer el pelo, matizar el corte a ojo, ha sido muy muy gustoso. Ya veremos cómo llego a Madrid.
Faltan 20 días para volver, parecen pocos pero se antojan a ratos demasiado largos. Poco a poco voy mentalizándome para despedirme de este lugar, en fade out a ser posible, en fundido leve decidiendo cómo serán las cosas antes de irme. Qué lugares podría visitar si me organizara.
Han pasado 3 días más, poco a poco he ido quitando el velo gris de estas cataratas de mis corneas emocionales para ir aportando brillo a lo que hago. He empezado a escuchar entrevistas de divulgación neuro científicas y de psicología mientras trabajo y hay un vacío que he vuelto a empezar a cubrir, el conocimiento es una gran ventana de ventanas y desde entonces el Washington, que no es el mejor hotel pero que me recoge cada día, impasible, sin juicios, ha empezado a parecerme mejor. De hecho hay algo en su ubicación que me invita a pasear y a cuidar más de los detalles, y asi crear pequeños rituales que ordenan también mi cabeza y que oh cielos, quedan casi poco más de dos semanas para volver, tengo la agenda con varios eventos basicos en mente, estoy conociendo a increíbles compañeros de trabajo, nos reimos, hay buen ambiente, nos permitimos desvariar, nos ponemos motes, imaginamos guiones de series de hbo costumbristas, de señoras que trabajan para los juegos olímpicos y aportan un brillo en cada cosa que hacen, nos cuidamos entre todos y nos recordamos que hay que parar a descansar.
Hoy me he dado cuenta de que estoy a gusto. Sencillamente he descansado en el hotel un rato mientras hablaba con Dani, me he activado, cenado en el restaurante del hotel, he vuelto a ducharme y a disfrutar de las sábanas de algodón. Si cierro los ojos estoy en Nairobi, en Balmaseda o en Tokio. Unas sábanas de algodón son como el olor de la tortilla de mi madre, atraen toda mi energía y la ubican en la parcela de lo que siento como hogar. El hogar interior, el mismo que hace que suelte onomatopeyas con la eme, cuando como algo realmente rico, la sensación de cuando bebía de biberón sin pausa, la de beber con sed, la de comer con hambre, la de sentir con ganas.
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