DÍA +10
No sé qué ceno
Cada día aprovecho el único momento que tenemos para acercarme al supermercado donde siento estar en una máquina de feria cazando un pequeño extraterrestre en Toy Story, en el puesto de tiro dando de refilón a un palillo con la chimbera trucada, torcida desde la que sólo puedo ver letras que desconozco y aunque intento decodificar lo que hay más allá de una capacidad lectora ciega, ésta es la mayor sensación de analfabetismo que he tenido en lo que llevo por estos lares de la vida. No sólo en términos alfabéticos, de letras, de palabras, si no de comprensión gráfica y de por supuesto, de códigos visuales mercantiles. Azul en un yogur puede ser que es natural aquí también, pruebo y es jugársela por 2 euros, así que cazo y soy un vampiro comiendo ratones y cucarachas en una mazmorra, que parece que alimentan pero vamos, al acto le falta dignidad.
Aunque a veces casi acierto, la mayoría de ellas no hay nada que me apetezca y últimamente tiro por lo más práctico a esta hora, que no sea pesado, que no me haga tirar de omeprazol o fenogreco y así al menos pueda dormir, improvisar hacia productos más austeros como unos palitos de cangrejo que oye, ¡vaya sabor! y sin glutamato, hechos de cangrejo y peces que consumen camarones. Según el traductor de Google he podido descifrar que si encuentra puntos negros en el interior del palito es debido a la piel del pescado del que está elaborado. Eso y maíz. O cómo volver a los 16 cuando me quedaba sola en verano y tenía que alimentarme. Palitos y mahonesa, patatas fritas en aceite hirviendo, tapa de escudero en mano y cara de Fari, época de un excesivo tomate de bote, arroz tres delicias casero como especialidad y los innumerables productos precocinados que decidía comer a falta de más imaginación.
Me he dado cuenta que a mi edad dormir está de moda, es decir, en los corrillos del desayuno y en el autobús de camino se habla de dormir bien o mal y quienes lo logran lucen caras frescas, gozan de mejor humor y cuentan, contamos cómo nos ha ido la noche. Algunos se despiertan al alba, otros a las dos horas de haberse dormido y después se pegan las sábanas o yo, que no había dormido más de 6 horas seguidas y en días intermitentes. Llevo días durmiendo bien, he creado una rutina de melatonina y gotas de aceites esenciales que me ayuda a llamar a los espíritus de la noche para que me mezcan pronto. Ñoña antes de acabar... puff.
Seguimos con el comer y el sistema digestivo. Vale, pues entonces tomemos yogures o algo que se le parezca, uno gelatinoso con bastante agar y bacterias de las de nombre y apellido, un pudin que no sabe a yogur pero que carece del azúcar que le sobra al resto y con esto llegamos a dónde quiero ir, que en un país hospitalario, donde los detalles importan más que en cualquiera de los lugares que haya visitado, que hasta el último rincón tiene un sentido más allá de lo estético, que la forma, el fondo, lo que representa está intervenido en un sentido más que poético en muchos casos, que desde la perspectiva de una persona profana en esta cultura y es que no he ahondado en la idea más profunda de los motivos de la misma, que curiosa imaginaba cómo serían sus urinarios y cisternas, que con todo lo que estos suponen en el día a día, esos pequeños momentos de spa bidet... pues pese a que nunca mi culo ha sido tan bien recibido (en un wc) incluso así, aquí me cuesta entregar lo que las aguas japonesas vienen en realidad a recibir. No. Nein. No puedo. Ni lactobacilos, ni verdura por la mañana y noche, miso en ambas... nada, no hay manera.
Querida maleta
La semana pasada añadí a tus capacidades futuras un par de calcetines estampados con la palabra Canadá. Blanco sobre negro, regalo a cada miembro del grupo del gran Jason, uno de nuestros compañeros, operador de gráficos en la televisión pública canadiense, kaironita, de esas personas que sientes que está tranquilo en un segundo plano, en modo servicio, como los programas que se hospedan en ralentí esperando a ser llamados.
Y querida maleta, empiezo a necesitar lavar pantalones y camisetas, la ropa pequeña tiene un trato manual y es que cada noche monto un pequeño tenderete en la puerta de la ducha entre calcetines, bragas, sujetadores y mascarillas que reutilizo hasta 15 lavados según Mercadona. El otro día probé a lavar una camiseta blanca y de algodón y se secan en 24h y seguía siendo blanca. Santo jabón de barra.
La parte churrigueresca
Dulcolax. ¿Ha sido el Dulcolax de anoche? o habrá sido madrugar, levantarme casi con el sol un par de días para hacer ejercicio en la habitación y tomar un café solo y zumo de naranja al bajar a la sexta a desayunar y unas ciruelas secas entre saladas y dulces del super (indescriptible sabor casi ácido), comer fruta entre horas, de esa cortada en un envase plástico, todo en envases de plástico todo el tiempo, sea como sea siento haber calculado el producto interior bruto con eficacia hoy por fin. Y la vida es más ligera así, espera, ¡he perdido el bolso! pero ¿cuándo?, ¿en qué momento? rebobino mientras revuelvo la mochila, busco en el departamento, son las 18:15, lo he usado al ir a comer hacia las 14:00, llevaba en el mismo la comida, junto a la convenience store en la zona oeste del IBC... ostiaostiaostia... y ¿cómo lo hago? todavía no he repartido las cosas de la cartera, no he dividido las dos tarjetas. Me viene Juanri a la cabeza: deja una en el hotel y otra en la cartera, lo repito dos veces más en mi cabeza, joder, el DNI, la tarjeta del médico en Madrid... bueno, eso no lo necesito aquí... las monedas, los billetes, la cartera bonita que me regalaron en mi cumpleaños. ¿Cómo voy a hacer? pienso mientras camino 500 metros al menos que hay hasta allí. Voy rápido, no corriendo para pensar lo suficiente rápido, para dar el siguiente paso que es buscar dónde puede estar el departamento de objetos perdidos en este lugar que es como un continente, enorme, si funcionará mi plan y si al cabo del día no acabaré llorando. Mientras camino, este es el primer paso, volver atrás para trazar su rastro, para agudizar el olfato, los sentidos... (sonido de scratches en mis oidos, frenazo forzado). Es un hombre alto, de piel falta de la tersura de la juventud acompañado de uno al que le sobraba en la piel lo que al primero le falta. Habla en un idioma que conozco, me interpela pensando que soy hispanoparlante.
- ¿Hablas español?
Dice con acento argentino, pausado, seguro de que le respondería que sí. Me doy cuenta de pronto que formo parte de un cliché, entre las miles de personas aquí ha conseguido a una que habla su lengua... Pero la cooooncha no te das cuenta de que voy con priiisa... (pienso hace aspabientos mentales mientras cierro los ojos un momentito para parar y ayudar asumiendo que el bolso lleva horas perdido, un minuto más no hará que aparezca antes). Me calmo un segundo y le doy todas las indicaciones de la comida asiática que hay hacia el ala este, me para otra vez, ¿y para los que no comemos comida asiática no hay algo?
- Alli, bajando, hamburguesas y pizzas, ¿te vale?
- ¿Y tarjetas SiM?
Huyo. Tengo que ir a ver si está allí, solo, mi bolso entre las sillas y mesas bisabis del comedor. Todas tienen mampara entre ellas, lo que hace que debas hablar más alto con quien tengas delante. Llego a la zona, rodeo el área de sillas para buscar con la vista mientras me desplazo, un bulto negro colgado a una silla. El bolso, una Tote bag con una clara definicion y declaración de intenciones del día que lo adquirí, pocas semanas antes en Malasaña en la tienda de creadores del barrio, letras fucsias, tipografía tipo Fama (la serie de los 80) sobre fondo negro de tela donde versa: Fatal.
¿Tu te lo crees? El día 10 es un punto de inflexión, un momento de la recta final de nuestro confinamiento suave. Un apartamento en la vida de una edificio concurrido, por fin. Siento que este año he oxidado habilidades sociales que ahora vuelven a aflorar, entre las manos de los aprendices de papiroflexia un momento de belleza más se agarra a mi, hace tres dias que busco sus creaciones en los trayectos de paso hacia los destinos más anodinos y cada vez que nos regalan una grulla o flores de loto, parece que ofrecen su tiempo en formas de papel, frágiles, imperfectas.
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